Sociocracia

En 1985, una comitiva de mineros llegados de todas partes del Reino Unido, encabezó el desfile del Día del Orgullo Gay en Londres al grito de: “sabemos que hay más problemas fuera de la mina”. Este fue el noble gesto que la Unión Nacional Minera quiso rendir a la liga de lesbianas y gais, muy acosados por la Dama de Hierro, quien jugó la baza del vhi  para acabar con un problema que molestaba. La LGTBI inglesa fue el grupo social que más apoyó las necesidades de los huelguistas durante el tiempo que duró esa lucha, la  más larga del Reino Unido, y que condenó a miles de familias al paro, al aislamiento, a indiferencia, detenciones y muertes.

De la década de los 80 en nuestro país se extraen importantes enseñanzas, como aquella unión que protagonizaban diferentes colectivos en favor de la defensa de los intereses comunes, de los derechos humanos, de la protección a las más débiles. Hacía ya años que la sociocracia, ciencia que quiere decir gobierno de socios, ensalzaba las relaciones humanas correctas frente a la situación predadora que padece nuestra sociedad (cierto alcalde de Barcelona se pasó un tiempo viviendo en las casas de los líderes vecinales). En la investigación psicopedagógica no podía faltar esta inquietud por crear correlaciones  humanas que generasen intercambios mutualmente beneficiosos, de talento y experiencia práctica. Trazos casi invisibles recuperando senderos que no salen en los mapas, tras tanta autopista de pago. El aprendizaje solidario fue una propuesta que conmovió al alumnado de un instituto de FP de nuestra ciudad con quienes montamos un proyecto junto a una asociación de protesta contra los desahucios; ambas partes se enseñaron (mucha gente que ahora son líderes sociales han vivido este tipo de experiencias). ¿Se imaginan a estudiantes colaborando en parar un desahucio? A la tele local no le interesó la noticia. Los traperos d’Emaús son personas marginadas que conviven con la premisa de que entre ellos se han de ayudar. Aunaron esfuerzos frente a la injusticia dando motivos a quién no tenía una razón para vivir (esta dinámica no tiene nada que ver con la cena de navidad para los pobres, o el reparto de alimentos en largas colas benéficas).

Los partidos conservadores amplían sus éxitos proporcionalmente a la inhibición de los sectores obreros cuando se prima el individualismo y se busca la exclusividad tras el abandono de lo comunitario. Para prevenir el abuso de poder, la sociocracia propuso el principio del consentimiento, algo parecido a lo que Camus pidió a su generación: “un activismo que atienda a la diversidad de pensamiento, una militancia activa en la pregunta y la respuesta, la negación a ejercer ningún tipo de dominio despótico contra nadie…”. Una canción a la que no le hace falta letra, que simplemente se puede tararear.

¿Se imaginan una unión de seres sintientes en rescate ceñudo de las utopías? ¿Que alguien pusiera en contacto a las kellys con La Red Ibérica de Ecoaldeas para rescatar pueblos muertos que se ahogan en los campos? ¿Qué pasaría si jóvenes de los comités republicanos pudieran trabajar codo a codo con chavales de centros de menores para encontrar soluciones antes de ser abandonados a los 18 años por las instituciones? Las gentes sin hogar echarían una mano a las pocas dotaciones de bomberos a cambio de que les facilitaran información sobre pisos vacíos de fondos buitres y otras vergüenzas;  los ambulancieros podrían recibir mucha más ayuda de homicidas del tránsito en servicios penales sustitutorios; los enfermeros y las trabajadoras del sexo planificarían junto a psicólogas la salud emocional que prevenga ansiedades, ese infarto del alma que causa tantos destrozos en las familias. La LGTBI saldría con taxistas y Uber de la mano en un desfile que repartiera postales violetas en algunos rincones de los barrios altos con una nota: “no somos enemigos”. Francesc Reina Peral, pedagogo

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